Cuando supe; que mi abuela tenía cáncer, se me vino el mundo abajo… nunca había palpado el hecho de que alguien que quisiera tanto podía morirse y tan pronto. Vi el otoño desprenderse en su pelo por el primer cáncer, tranquila, y todo giró alrededor de ella, que seguía siendo hermosa. Mi padre me decía: “No olvides llamar a la abuela, te quiero” y yo nunca lo olvidaba. Meses después, enfermó mi papá, y empecé a sentir que la que se moría era yo… y me olvidé que también se moría mi abuela. Tiempo después… me dejó mi padre, y mi padre también dejó a su madre, mi abuela, que aún se moría, pero fuerte como un tronco que aguantó los más crudos otoños, se mantuvo firme y espero para poder ver a su hijo salir de la vida. Mientras mi abuela permaneciera, mi familia permanecía también, y así… con inercia… continuamos viviendo. Hoy, 28 de marzo, nos acordamos que aunque mi papá hubiese adelantado a mi abuela, la muerte no la perdonó, y llevándosela hoy… no me queda más que decir… Papá, no olvides llamar a la abuela, te quiero.